El juego del poder: ¿Toque de queda o doble moral?

En el día de hoy se implementó por DNU las restricciones nocturnas en todo el país.  Desde el gobierno nacional se les aconseja a las provincias prohibir totalmente el tránsito tanto peatonal como vehicular de 23 a 6. Una medida que viene con el aumento de contagios por coronavirus, pero que despierta polémica a la vez por la cantidad de sucesos anteriores donde concurrieron millones de personas y desde la política se hizo caso omiso como si el virus no existiera.

(POR TOMÁS GALICCHIO) La idea fue primero un rumor y luego se instauró con fuerza. Una especie de “toque de queda sanitario” o de “volver a paralizar todo” se implementó en la Argentina por DNU y comenzará a regir esta noche con el fin de contrarrestar la suba de casos de Covid-19 que se presentaron en los últimos días.

Hagamos un poco de repaso. Un toque de queda, por definición, es una medida de gobierno que, en situación de guerra o en circunstancias extraordinarias, prohíbe la libre circulación de la población civil por la calle a partir de una hora determinada. Se trata de una medida demasiada antipática que durante la pandemia se ha tomado en otros países europeos y latinoamericanos.

Sin embargo, a mi entender el problema que enfrenta el Gobierno para implementar  una medida tan extrema con alcance nacional y lograr que la población la cumpla es la falta de credibilidad. Hagamos un poco de memoria para darnos cuenta si se trata de un acto con una carga de “legalidad ciudadana” o es todo el circo de la “doble moral”.

Hace un mes y medio atrás,  fue el mismo presidente Alberto Fernández quien organizó el velatorio de Diego Maradona, sabiendo que convocaría a cerca de un millón de personas subestimando los riesgos de contagio que todo médico epidemiólogo supo alertar.   También, son los políticos quienes realizan actividades partidarias, donde abundan los abrazos y la falta de distanciamiento, y que luego se muestran en redes sociales. Creo que esto son claras muestras por las que hoy no cuentan desde el oficialismo con la creencia necesaria para adoptar una medida de estas características. Su palabra está averiada porque nunca fue acompañada por sus propias acciones.

Además, ahora con la puesta en práctica de esta especie de “toque de queda”, en el Gobierno saben que la desobediencia civil estará inmediatamente en las calles y que, para hacer cumplir esa medida, deberá apelar necesariamente a las fuerzas de seguridad, algo que no es nuevo. De hecho, y  cabe recordar, los organismos de control estatal como el INADI o la Secretaría de Derechos Humanos miraron para otro lado cuando se produjeron decenas de abusos y violaciones a los derechos humanos y civiles producto del accionar de las fuerzas de seguridad en muchas provincias que, paradójicamente, fueron señaladas como ejemplo por el presidente. Formosa, Tucumán y Santiago del Estero son el mejor ejemplo.

Como pueden ver, la situación está complicada para los funcionarios. Saben que no se puede esperar un manso acatamiento a nuevas restricciones a la misma sociedad que creyó y cumplió con las primeras medidas adoptadas, al punto de ver afectada delicadamente su economía.

Por otra parte, apuntar a los jóvenes para no hablar de ajuste y privilegios es práctica común desde hace semanas. No hay que dudar que son los jóvenes los que llevan a cabo la mayoría de las reuniones sociales, pero cagar contra ellos por todo no es la solución. “Los que más se descuidan son nuestros jóvenes, sé que para muchos ir a bailar o jugar al fútbol con los amigos es lindo. Todo es lindo, salvo que haya un virus en el medio que nos esté contagiando”, dijo el Presidente sin inmutarse, teniendo en cuenta que hablaba de los mismos jóvenes a los que alejó de la escuela durante meses o a los que se convocó a despedir al ídolo popular.

También, muchos de ellos son los mismos jóvenes a los que se les celebra que marchen, por caso, por la ley del aborto. Pero se los critica si se reúnen en la playa. Todas incoherencias, reproches, ninguna comprensión, mucho menos una autocrítica.

Con este panorama, mientras se espera que lleguen las 10 millones de dosis de la vacuna Sputnik V, prometidas para el verano, y desde el gobierno se habla de la posibilidad de volver a “paralizar todo”, comienza a palparse una suerte de irritación social en un vasto sector de la sociedad, mucho más que en cualquier otro momento.

Esta latente rebeldía no solo podría despertar por la incomodidad que esas decisiones generarían en la población sino porque cada vez cuesta más creerle al Presidente, que sigue empeñado en relatar un partido que se parece muy poco al que los argentinos estamos jugando. El juego del poder, pero jugando para perder, se hace muy difícil.

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