Carlos Saúl Menem: La muerte de una época

Peronista insólito, hombre disruptivo, farandula, un cohete a la estratosfera, pizza y champagne. Carlos Saúl Menem, dos veces presidente de la Argentina, tenía 90 años y falleció este domingo en el Sanatorio Los Arcos.

[Por: Lautaro Quagliaro] Mucho se ha hablado sobre el gobierno de Carlos Menem que llega en 1989 y se retira del sillón presidencial en 1999, marcando así los 10 años políticos más controversiales en una Argentina que venía de un gobierno con 3000% de inflación con una crisis política, económica y social en ascenso. Durante su Gobierno, principalmente durante el primer mandato, la mayoría de la sociedad apoyaba al Presidente y a su plan económico, como lo muestran los triunfos obtenidos en cada una de las elecciones legislativas y presidenciales. Pero la época menemista se caracterizó por la Implantación de un “modelo neoliberal” que desindustrializó al país y fragmentó a los sectores asalariados e incrementó los índices de desocupación, pobreza y desigualdad. Además, incrementó el déficit comercial y fiscal y endeudó de manera feroz al país, al tiempo que fomentó una creciente concentración y centralización del ingreso en pocas manos. Desarrolló una política económica contraria a los intereses de los trabajadores y a la tradición de su partido, que se alió con los grandes empresarios y defendió íntegramente sus intereses corporativos. Desarrollo de un régimen político que fomentó la degradación de los procedimientos institucionales y democráticos. Desarrollo de un régimen político basado en elevados grados de corrupción e impunidad a partir del control del Poder Judicial.

Resulta imposible analizar los puntos destacables del gobierno de Menem sin adentrarnos previamente en el contexto histórico en el que emerge. El mismo nos remite a la trágica crisis del gobierno del radical Raúl Alfonsín (1983-1989). Alfonsín renuncia a la presidencia cinco meses antes de terminar su mandato frente a la imposibilidad de controlar una inédita y feroz hiperinflación. Al mismo tiempo, el Gobierno deberá afrontar saqueos a supermercados en cientos de barrios pobres que llevarán la situación social al borde del caos social. Por si fuera poco, en diciembre de 1988 se había llevado a cabo un levantamiento militar que agravará la situación de caos y peligro de disolución social, como lo definirán varios autores. La imposibilidad de controlar la situación de crisis que vivía el país, llevará entonces a Alfonsín a llamar a elecciones anticipadas. En aquellas elecciones, celebradas el 14 de mayo, el candidato justicialista, será electo como nuevo Presidente a partir de un discurso en el que prometerá combatir la crisis mediante una “Revolución Productiva” pero que terminaría con la especulación financiera y un “Salariazo” que consolidaría el mercado interno. Menem, el candidato de la “Esperanza”, no tendrá inconvenientes en ser electo con el 47% de los votos.

Una vez en el poder, ignorando sus promesas de campaña sobre la “Revolución Productiva” y el “Salariazo”, el electo presidente Carlos Menem se dedicará a aplicar un plan de reformas estructurales inédito por su magnitud y por ser llevado a cabo por el Peronismo que había hecho de los sectores populares y la justicia social su aspecto predominante e inalterable. El Presidente iniciará un proceso de apertura económica, reducción del gasto público social, desregulación comercial y liberalización financiera que impactará vastamente en la estructura económica industrialista y en la estructura social. Al mismo tiempo, a partir de 1990 un plan de privatización y concesión que incluirá a la totalidad de las empresas que desde la época de Perón eran propiedad del Estado en tanto símbolos de lo que el líder denominará la defensa de la soberanía política y la independencia económica. Este “giro de 180 grados” en relación a las tradicionales políticas reguladoras y asistencialistas del modelo de sustitución de importaciones del peronismo impactará de manera fuertemente negativa sobre la estructura económica y sobre todo social.

En primer lugar, las medidas tomadas en el marco de las reformas neoliberales, profundizarán un proceso de desindustrialización. Así, la apertura comercial y financiera promoverá un ingreso masivo de inversiones extranjeras y un proceso de importación de productos tecnológicos. Al mismo tiempo, las políticas de flexibilización laboral, realizadas con el pretexto de reducir costos y aumentar la productividad, terminarán destruyendo a diferentes contingentes sociales. Finalmente, el proceso de privatización de las empresas públicas, iniciado en octubre de 1990 con los “casos líderes” de Aerolíneas Argentinas y ENTEL, profundizado al extremo a partir del régimen de paridad cambiaria de abril de 1991, terminará promoviendo un crecimiento descomunal de los índices de desocupación, subocupación y pobreza. Al tiempo que los trabajadores reducían fuertemente su poder social y sus conquistas obtenidas durante el período peronista, los grandes empresarios lograban incrementar fuertemente sus tasas de ganancias a partir de reducir fuertemente sus costos laborales. Para ello, lograrían obtener del Estado decenas de medidas que favorecerían a cada uno de las fracciones dominantes. Así, mientras los sectores industriales de las PyMES veían reducir sus tasas de ganancias por la apertura indiscriminada, las grandes firmas industriales y electrónicas se verían ampliamente favorecidas por regímenes especiales de protección estatal. Del mismo modo, al tiempo que las políticas de flexibilización perjudicaban vía reducción de salarios e indemnizaciones a los trabajadores, beneficiaban directamente a los grandes empresarios, más aún cuando las mismas se veían acompañadas de políticas como la reducción de los aportes patronales y el establecimiento de aumentos salariales de acuerdo al incremento de la productividad. Finalmente, mientras miles de trabajadores se quedaban sin empleo por el descomunal proceso de privatizaciones, las firmas nacionales e internacionales participarían de impresionantes negocios que, a partir de limitaciones o eliminaciones a la regulación, subsidios, reducciones y exenciones impositivas y reiterados incrementos tarifarios, les permitirán formar monopolios u oligopolios en la mayoría de las empresas privatizadas. En ese contexto, los grandes empresarios lograrán consolidar un proceso de concentración y centralización del capital en pocas manos, formando una “comunidad de negocios”. Los trabajadores, en cambio, incrementarán su fragmentación y polarización social. Pero sobre todo, se llevará a cabo una verdadera reestructuración social que potenciará los índices de desigualdad de ingresos, precarización laboral y desempleo, en una clara oposición a los niveles de homogeneidad, igualdad social, derechos sociales y pleno empleo que caracterizaba al período peronista.

Al igual que en los campos económico e institucional, se llevarán a cabo políticas inéditas por su magnitud y alcance. Indefectiblemente, los mismos nos remontan al “perdón” presidencial. En efecto, durante los primeros años de gobierno el presidente Menem decidirá una amnistía a los militares sublevados en distintos levantamientos militares. Así, entre finales de 1989 y 1990 indultará a los sectores golpistas liderados por fracciones tanto de la izquierda como de la derecha del Ejército. Pero la medida que provocará la mayor indignación será el indulto que otorgó Menem a los militares del Proceso.

Resulta importante recordar algunos “logros” del Gobierno. El más importante de ellos, que ha sido destacado en mayor o menor medida por la mayoría de los analistas del período, ha sido la derrota de la inflación. En efecto, el Presidente asumió el Gobierno en medio de la más catastrófica crisis hiperinflacionaria que se recuerde en Argentina, a partir de abril de 1991 y se logró controla casi definitivamente y para ello, se aplicó un plan que resultará crucial para entender lo que vendría después, no sólo la reelección presidencial, sino también la devaluación de comienzos del 2002: nos estamos refiriendo a la “Ley de Convertibilidad”. Esta Ley, en líneas generales, consistía en un Plan de Estabilización como muchos que se habían aplicado durante la historia. Sin embargo, a diferencia de experiencias anteriores, su permanencia excedía su configuración como una “simple ley”, al estar asociada a múltiples políticas que permitían su mantenimiento como tal. Ello se debe a que la ley, que legalizaba una paridad 1 a 1 de la moneda nacional con el dólar, sólo podía sostenerse con vida mediante el ingreso de capitales extranjeros. De este modo, el Gobierno se verá obligado a fomentar una serie de reformas para incentivar el ingreso de inversiones externas. Es en ese contexto que debe entenderse la profundización de las políticas de privatización de las empresas públicas, apertura comercial y financiera y desregulación, pero también el endeudamiento externo, otro de los mecanismos utilizados para obtener divisas, todas medidas que llegarían a su apogeo a partir de ese momento.

Lo que resulta importante destacar es que este régimen de convertibilidad de la moneda, sancionado mediante una ley en el Congreso a fines de marzo de 1991, logrará terminar definitivamente con las inflaciones e hiperinflaciones de períodos anteriores. La respuesta de ello la debemos hallar en la evidente sobrevaluación cambiaria que estableció la paridad, lo que incentivó el ingreso masivo de inversiones e importaciones, al tiempo que fomentó expectativas favorables en los agentes económicos.

La pertenencia de Menem al peronismo es indudable. Sólo fantasea lo contrario quien desprecia los hechos fácticos. Su ascenso político fue dentro del PJ y fue senador del PJ hasta su muerte. Toda una vida dentro del peronismo. Gobernó y tomó sus medidas más antipopulares contando con el apoyo del PJ, con poquísimas fisuras. El suyo fue un gobierno de derecha pro-empresarial y también peronista. No hay la menor discusión respecto de la inspiración neoliberal de su programa económico. Todos lo consideraron así en su momento; los partidarios del neoliberalismo sólo comenzaron a tomar distancia luego del 2001. Si eso fuera prueba insuficiente, Menem gobernó tejiendo una alianza con Álvaro Alsogaray y con la UCeDé, la figura y el partido más importante del liberalismo argentino. Contó con el apoyo de todo el establishment local e internacional. Tuvo como ministros de economía a algunos de ellos. Fue el mejor amigo de EEUU, el “mejor alumno” del FMI, y su modelo fue celebrado como el “milagro argentino” en las usinas liberales de todo el mundo.

Dejá una respuesta